Cuando turistas de México, China y Gran Bretaña resultaron ser las primeras víctimas del COVID-19 en Cusco, Perú, parecía que la antigua capital del Imperio Inca estaba condenada a sufrir un brote considerable.

Enclavada en un pintoresco valle andino, la ciudad de gran altitud y 420,000 habitantes, puerta de entrada a la ciudadela de Machu Picchu, recibe a más de tres millones de visitantes internacionales al año, muchos de ellos procedentes de áreas activas de la pandemia como Estados Unidos, Italia y España.

Sin embargo, desde esas tres muertes, acaecidas entre el 23 de marzo y el 3 de abril —al inicio de la estricta cuarentena nacional— hasta el 31 de mayo se había registrado ningún otro fallecimiento por COVID-19 en toda la región de Cusco, incluso cuando la enfermedad se ha cobrado más de 4,000 vidas a nivel nacional.

Los contagios también se han mantenido a raya. Solo 916 de los 141,000 casos en Perú provienen de la región de Cusco, lo que significa que su tasa de contagio está más de 80% por debajo de la media nacional.

La escasez relativa de casos y muertes en la región de gran altitud y conexión a todo el mundo, ha dado lugar a especulaciones locales de que el coronavirus tiene soroche, la palabra quechua para designar el mal de altura.

Se han observado resultados similares en los Andes y otras regiones, como el Tíbet.

Los científicos advierten que este patrón podría durar poco, pero el fenómeno, que aún sigue sin respuesta, los tiene intrigados. Los investigadores están empezando a estudiar la posible relación entre el coronavirus y la altitud.

En un estudio revisado por expertos, publicado en la revista Respiratory Physiology & Neurobiology, investigadores de Australia, Bolivia, Canadá y Suiza examinaron datos epidemiológicos provenientes de Bolivia, Ecuador y el Tíbet. Descubrieron que las poblaciones de lugares que superan los 3,000 metros de altura reportaron niveles mucho más bajos que sus homólogos de las llanuras.

Llegaron a la conclusión de que la tasa de infección en el Tíbet mostraba una disminución “drástica” en comparación con la tasa de las planicies de China, tres veces más baja en los Andes bolivianos que en el resto del país y cuatro veces más baja en los Andes ecuatorianos.

Ecuador ha sufrido uno de los peores brotes de América Latina, con más de 38,000 casos confirmados y más de 3,300 muertes según las cifras oficiales. Pero el puerto de Guayaquil, ubicado en el Pacífico, ha sido el centro de infección. Los 8,387 casos de Bolivia se han concentrado en el departamento de Santa Cruz, a unos cientos de metros sobre el nivel del mar. No obstante, el departamento de La Paz, la capital más alta del mundo, ha tenido solo 410 casos.

Los investigadores tienen la hipótesis de que las poblaciones que viven en altitudes muy elevadas podrían tener ventaja por su capacidad para tolerar la hipoxia (bajos niveles de oxígeno en la sangre) y estar en un entorno natural hostil al virus, incluyendo el aire seco de las montañas, altos niveles de radiación UV y la posibilidad de que una menor presión barométrica reduzca la capacidad del virus de permanecer en el aire.

Otros expertos cuestionan el papel de los factores ambientales al señalar que la mayoría de las infecciones de coronavirus ocurren en lugares cerrados, por lo que los niveles UV son irrelevantes. No obstante, solicitan mayor investigación sobre la respuesta de las poblaciones de altitudes elevadas al coronavirus, incluida la posibilidad de que, al infectarse, la gravedad de la enfermedad sea menor y, por lo tanto, sea menos probable que busquen tratamiento o se realicen pruebas médicas.

“Al virus le gusta la gente. No le importa la altitud”, dice Peter Chin-Hong, quien estudia enfermedades infecciosas en la Universidad de California en San Francisco. “Pero seguimos aprendiendo mucho sobre la enfermedad y esta información nos proporciona algunas buenas pistas para tratar de entender su evolución”.

Se ha descubierto que solo tres poblaciones en el mundo tienen adaptaciones genéticas a la altitud: los himalayos, los montañeses etíopes y los andinos. Sin embargo, Clayton Cowl, neumólogo de la Clínica Mayo y expresidente del Colegio Estadounidense de Médicos del Tórax, sospecha que la tendencia puede estar más relacionada con la aclimatación, la capacidad del cuerpo para adaptarse de manera temporal a la altitud, que con el ADN.

Eso podría explicar por qué el coronavirus está causando estragos en la costa del Pacífico de Perú, en particular Lima, donde la mayoría de los residentes descienden de ancestros andinos, mientras que las comunidades montañesas del país han eludido lo peor, al menos por el momento.

Cowl señala que la exposición prolongada a la altitud activa una reacción en cadena en los pulmones que involucra una proteína conocida como ACE2, que podría prevenir la derivación pulmonar, un problema común entre los pacientes que padecen COVID-19.

Por lo general, cuando una parte del pulmón está dañada, el cuerpo redirige el flujo sanguíneo hacia áreas más sanas que pueden absorber mejor el oxígeno. La derivación detiene ese proceso de redirección, lo que resulta en hipoxia. Según Cowl, es un elemento común entre cerca de 30% de los pacientes con COVID-19 que muestran síntomas leves pero que tienen niveles bajos de oxígeno en la sangre, quienes a veces empeoran de manera repentina.

Según Chin-Hong y Cowl, cualquier beneficio de la altitud para hacer frente a una infección por coronavirus sería solo en caso de aclimatación completa, un proceso que por lo regular toma tres meses. Ambos subrayan que, para cualquiera con una infección por coronavirus que haya viajado a una zona montañosa, los síntomas empeorarían.

“De lo contrario, podríamos tratarlos con una cámara hiperbárica”, dijo Cowl. “Desde una perspectiva epidemiológica, es difícil saber qué significa. Es probable que existan varios factores que lo expliquen, pero el tema es muy interesante”.

Source: https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2020/06/04/el-coronavirus-parece-no-afectar-las-poblaciones-que-viven-en-grandes-altitudes/